El caracol más emblemático de las Bahamas podría desaparecer

Si no se interviene pronto, el caracol rosado que transporta esta concha de vivos colores podría desaparecer en algunas regiones bahameñas.

Por Sarah Gibbens
Publicado 21 ene 2019, 12:55 CET
Un caracol rosado
Un caracol rosado (Strombus gigas) en su concha. La cantidad de caracoles como este, un icono de las Bahamas, se está desplomando por la sobrepesca.
Fotografía de Mike Theiss, Nat Geo Image Collection

Cuando eres un caracol rosado, es mejor aparearse en grupo. De hecho, es la única forma de que funcione. Estos caracoles marinos caribeños transportan pesadas caracolas de color naranja y rosa que entorpecen la persecución de posibles parejas. Para lograr aparearse, unos 50 caracoles deben desovar a la vez en un mismo territorio.

Pero en las Bahamas, donde estos caracoles son una parte fundamental de la cultura y la economía, tienen cada vez más dificultades para reproducirse. Recientes estudios científicos advierten de que la sobrepesca y la normativa laxa han situado muchas comunidades de caracoles marinos por debajo del nivel necesario para aparearse. Esto significa que los caracoles de dichas regiones podrían morir sin llegar a reproducirse, lo que provocaría la desaparición de la pesquería de caracoles. Un estudio publicado recientemente predice que la sobrepesca podría provocar la desaparición de las caracolas de las Bahamas en solo 10 años.

Los caracoles, que se pueden encontrar en ensaladas o cestas de frituras, son uno de los productos básicos de la isla y también un icono cultural. Hay desfiles y festivales anuales que los celebran, concursos de comer caracoles, preparar los mejores platos con ellos, y abrir y limpiar sus conchas. Si la pesquería de caracoles se desplomara, podría dejar a más de 9.000 pescadores bahameños —el dos por ciento de la pequeña población del país— sin trabajo.

El 13 de enero, el Departamento de Recursos Marinos de las Bahamas anunció que formularía recomendaciones oficiales para proteger mejor al caracol, como poner fin a las exportaciones y aumentar el personal regulatorio. Las recomendaciones tendrán que ser aprobadas por el primer ministro.

Una historia con moraleja

El territorio de los caracoles rosados abarca todo el Caribe. Los caracoles viven sobre todo en pastos marinos —grandes llanuras arenosas con hierbas altas— y mantienen su buena salud comiéndose la materia vegetal muerta. También son una importante fuente de alimento para grandes depredadores como los tiburones nodriza y las tortugas.

Antes, los caracoles rosados abundaban en los cayos de Florida, pero la sobrepesca y la recogida comercial provocaron el desplome de los caladeros en 1975. Los caladeros de caracoles rosados de Aruba, Bermuda, Costa Rica y Haití también han perecido por la sobreexplotación, y se considera que muchos otros se encuentran amenazados por la sobrepesca.

Las Bahamas posee una de las normativas de pesca de caracoles más laxa del Caribe. Prohíbe el uso de equipo de submarinismo para pescarlos y también ha establecido cuotas de exportación y una red de áreas marinas protegidas donde se prohíbe su pesca. Pero los conservacionistas sostienen que los legisladores carecen del personal y la financiación necesarios para aplicar dichas normas de forma adecuada, normas que consideran demasiado débiles.

Según un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, en 1970 se pescaban cada año poco menos de 100 toneladas métricas de caracoles rosado. En 2006 se alcanzó un pico de más de 800 toneladas, que descendió a 400 en 2014.

En 2015, se capturaron casi 400 toneladas métricas de caracol en las Bahamas y casi la mitad se exportaron por un valor estimado en 2,3 millones de dólares. La cantidad restante se vendió dentro del país. Según un informe de la NOAA, casi toda la carne de caracol exportada se envía a Estados Unidos.

Haciendo balance

Una mujer compra conchas de caracol en un puesto de souvenirs junto a la playa en Turcas y Caicos. Las industrias de carne y conchas de caracol rosado generan millones de dólares estadounidenses al año en todo el Caribe.
Fotografía de Mike Theiss, Nat Geo Image Collection

Según Allan Stoner, uno de los autores del reciente estudio, en 2011 los científicos empezaron a preocuparse por la cantidad de caracoles rosados en las Bahamas. Stoner es biólogo del grupo de conservación Community Conch y lleva 30 años estudiando a los moluscos. Explica que se dio cuenta de la gravedad del ritmo de desplome cuando analizó los recuentos demográficos de la última década. «Comparamos los estudios de las poblaciones de los 90. Y repetirlo en 2011 fue un despertar brusco», afirma.

Un estudio más reciente agravó la preocupación.

En un día cálido y soleado del pasado abril, dos investigadores del Acuario Shedd, en Chicago, contaron los caracoles de los cayos Exuma del país. Estos cayos, que forman parte de un área marina protegida, son las áreas habitadas históricamente por las poblaciones más sanas de caracoles rosados.

Flotando sobre lechos de praderas marinas en las cristalinas aguas turquesa, el biólogo Andy Kough y la directora del programa de buceo Amanda Weiler colocaron una cinta métrica entre ellos para determinar el espacio total que querían medir. Esperaban encontrar una gran cantidad de crías de caracol.

Pero en la franja que cubría su cinta, Kough solo descubrió unos cuantos adultos y contó una población escasa de juveniles, la edad necesaria para garantizar la supervivencia de las comunidades de caracoles. En estas aguas, que antes estaban lo bastante pobladas como para considerarse un criadero, los moluscos escaseaban.

«Podría haber sido un mal año», dice, y añade que un criadero vacío no puede revelar a los científicos la salud del caladero en su conjunto. Pero el patrón cada vez más frecuente de años malos preocupaba a los conservacionistas.

Seis meses después, Kough colaboró con Stoner y Martha Davis, directora de Community Conch, para publicar sus hallazgos en la revista Fisheries Science & Aquaculture. Suponen que, sin intervención, los caracoles serán incapaces de reproducirse a un ritmo lo bastante rápido como para adaptarse a la intensa demanda que los pescadores de las Bahamas intentan abastecer.

«No creo que hayamos llegado a un punto sin retorno», afirma Stoner, que describe sus resultados como una llamada de atención.

Soluciones científicas

En su estudio, Kough y Stoner formulan diversas recomendaciones para salvar el caladero de caracoles rosados.

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    Montones de conchas son abandonadas por quienes las pescan solo para capturar al caracol. La carne de caracol había sido un mercado más lucrativo, aunque las conchas y las perlas raras suelen venderse a turistas y joyeros.
    Fotografía de Mike Theiss, Nat Geo Image Collection

    Una de ellas es exigir que los caracoles se saquen del agua dentro de sus conchas. Las conchas de caracol rosado, sobre todo las de los más viejos, pueden ser pesadas y la mayoría de los pescadores de las Bahamas pescan aguantando la respiración para sumergirse sin la ayuda de equipo de submarinismo. Para usar la energía de manera eficiente, se sumergen hasta los lechos de las praderas marinas, rompen las conchas y sacan al caracol, pero abandonan la concha.

    Sin embargo, estas son importantes porque son el único indicador de la edad de un caracol rosado. Cuanto más grueso es el «labio» de la concha, más edad tiene el caracol. Legalmente, solo pueden pescarse los adultos. Esta norma tiene el objetivo de dar al animal el tiempo suficiente para reproducirse antes de que lo saquen del ecosistema, garantizando así una población estable. El Departamento de Recursos Marinos de las Bahamas pretende recomendar un grosor mínimo obligatorio, algo sujeto a la aprobación del primer ministro. Aún se desconoce qué medición recomendará oficialmente el departamento, pero el Bahamas National Trust, la organización sin ánimo de lucro que gestiona los parques nacionales de las Bahamas, sugiere 15 milímetros.

    Kough se muestra optimista respecto al cambio.  «Las recomendaciones son una señal evidente de que el departamento es consciente de la trayectoria preocupante de la población de caracol rosado en las Bahamas», afirma.

    El estudio también sugiere prohibir la exportación de caracoles rosados, una propuesta apoyada por Shelly Cant-Woodside, directora de ciencia y política del Bahamas National Trust. «Es una mejora que está a nuestro alcance», afirma. De hecho, es una de las recomendaciones que el primer ministro tendrá que sopesar este mes.

    Tanto el estudio como Cant-Woodside coinciden en limitar la pesca de caracoles a solo unos meses al año.

    Después está la idea de una prohibición de pesca de cinco años. «Esa es la opción más extrema y hay muchas más medidas que podemos adoptar para evitar ese tipo de medida extrema», afirma Kough.

    Encontrar voluntad política

    Cant-Woodside prevé reacciones negativas ante cada política que se instaure. «No estamos acostumbrados a normativas ni órdenes», afirma, describiendo la sensación nacional de individualismo, consecuencia de la era de piratería en la región. Sostiene que cualquier restricción de la que, para muchos, es la única fuente de ingresos se recibirá con resistencia.

    Sin embargo, algunos mostrarán menos resistencia que otros. «En mi caso, soy polifacético en lo que a mi negocio se refiere, pero para algunas personas resulta aterrador», afirma Stephen Dean, bahameño nativo y propietario de un restaurante que sirve caracoles capturados por pescadores locales. Si ya no dispone de caracoles, dice que recurrirá a preparar otros platos, pero sabe que muchos pescadores están preocupados por el futuro del caladero.

    Dean explica que muchos pescadores de caracoles culpan a los seis millones de turistas que visitan las Bahamas cada año y que suelen llevarse a casa caracolas o a los dominicanos vecinos que pescan ilegalmente en aguas bahameñas.

    El Bahamas National Trust, así como otras organizaciones locales, está creando alternativas de empleo para los lugareños interesados. Por ejemplo, la apicultura es uno de los oficios que menciona Cant-Woodside. La gran industria turística de las Bahamas también implica que existen oportunidades para que las personas tengan trabajos como guías, pero tanto la tradición como la magnitud de la industria de los caracoles se perderán si la pesquería se desploma.

    Aunque la evaluación científica de los caladeros llevada a cabo por Stoner y Kough pinta una perspectiva nefasta, sostienen que no es demasiado tarde para salvar al caracol rosado de las Bahamas.

    «Es una oportunidad para que reconozcan lo que ocurre antes de que sea demasiado tarde», afirma Kough.

    Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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