Informe especial: el lado oscuro del turismo de fauna salvaje en el Amazonas

Una investigación exclusiva de National Geographic desvela el sufrimiento animal generalizado en las ciudades portuarias de la Amazonia, impulsado por los «safaris de selfies».

Por Natasha Daly
fotografías de Kirsten Luce
Publicado 9 nov 2017, 4:29 CET
Unos turistas rodean a un delfín de río
En el Amazonas, las excursiones de un día que incluyen interacciones con fauna salvaje son cada vez más populares, aunque plantean preocupaciones en cuanto a su bienestar y su conservación, según los defensores de los animales. Aquí vemos a un grupo de turistas en torno a un delfín rosado a las afueras de Manaus, Brasil. Las cicatrices del delfín son el resultado de la lucha con otros delfines por los peces que les ponen como cebo.
Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

Sobre una plataforma de madera en una diminuta aldea junto al río más largo del mundo, un oso hormiguero gigante sorbe un yogur rosa de un envase de plástico mientras un hombre pone un palo selfie frente a su cara.

Un par de guacamayos azules picotean unos gusanitos. Un tucán mordisquea una galletita salada. Sesenta turistas parlotean, dan gritos y chillidos, mientras tocan obsesivamente a los animales salvajes. Los perezosos se aferran a cuellos humanos. Los monos trepan sobre sus cabezas y sus hombros. En un banco, dos tortugas luchan por liberarse del peso de las manos humanas.

Unos turistas posan para sacarse fotos con un caimán y un guacamayo en Puerto Alegría, Perú. Los animales capturados en la jungla se mantienen ilegalmente en cautividad para atraer a los turistas en busca de selfies, pero este tipo de interacciones son malos para su bienestar.
Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

Mientras se pasa a los animales entre la muchedumbre, se oyen los clics de las cámaras y se ven palos selfie sobresaliendo desde todos los ángulos. Una mujer sostiene a un caimán joven, con la boca abierta, junto a la cabeza de su hijo pequeño. Una adolescente parlotea mientras se envuelve una anaconda alrededor del tronco, una imagen perfecta para un vídeo.

La gente echa propinas en un cubo y se marcha por las escaleras de la plataforma. Ya se han hartado y el entusiasmo frenético da pie a una aparente indiferencia.

Pasa días, incluso semanas, en la selva amazónica y puede que, con suerte, veas a un perezoso salvaje avanzando por un árbol o adviertas el brillo de los ojos de un caimán en un río durante la noche. Sin embargo, es bastante improbable que te encuentres cara a cara con cualquiera de estos animales. ¿Con todos? Imposible.

Sin embargo, sobre esta precaria plataforma que se sostiene en pilotes en la Amazonia peruana, esa misma experiencia está asegurada. Esta es una tienda de fauna silvestre en el que se puede ver todo en una sola parada.

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    Una pareja alimenta a un guacamayo con un aperitivo azucarado. Los habitantes de Puerto Alegría venden comida a los turistas, pero gran parte de esta acaba en las bocas de los animales cautivos.
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

    Puerto Alegría, un pueblo con apenas 600 familias, se encuentra en un enclave amazónico bañado por el sol llamado Tres Fronteras, donde se unen Perú, Colombia y Brasil. Cada día, cientos de turistas, la mayoría de ellos procedentes de la orilla colombiana del río, acuden en barco, suben por las planchas de madera desde el agua hasta la orilla y claman por sostener y sacarse fotos con hasta cien animales cautivos de dos docenas de especies.

    Esta afluencia turística es un gran ayuda económica para los habitantes de Puerto Alegría, que están siempre listos con aperitivos y refrescos, pequeños cestos para propinas y tiendas llenas de productos artesanales locales.

    El turismo de fauna salvaje es un gran negocio que supondría entre el 20 y el 40 por ciento del valor anual de la industria turística global de 1.500 millones de dólares (más de 1.200 millones de euros), según la Organización Mundial del Turismo.

    Los grupos de conservación y bienestar animal están de acuerdo en que, cuando una actividad que involucra fauna silvestre cruza la línea de la observación hacia la interacción, es mala para los animales. En el sudeste asiático, montar elefantes y acariciar cachorros de tigre, por ejemplo, ha atraído la atención hacia el lado oscuro del turismo de fauna salvaje.

    El turismo en la Amazonia está todavía en pañales. En el enorme estado brasileño de Amazonas, solo supone el uno por ciento del PIB. Sin embargo, las economías florecientes de Latinoamérica y el acceso cada vez más fácil desde vuelos internacionales más frecuentes y asequibles implican que el turismo —especialmente el de fauna salvaje— podría estar a punto de sufrir un boom.

    El Amazonas alberga más del 10 por ciento de la biodiversidad del planeta: 400 especies de mamíferos, 200 especies de reptiles y 1.300 especies de aves. Generalmente, los turistas tienen dos opciones para experimentar esta abundancia: la vía auténtica o la vía rápida. Para ver el Amazonas más crudo y salvaje, la gente suele embarcarse en una excursión a través de la selva que dura como mínimo entre tres y cuatro días y que puede costar cientos de euros. Para viajeros que andan escasos de tiempo y dinero, la alternativa es una excursión de un día. La mayoría de estos tours, ofertados por docenas de agencias de viaje en cada ciudad portuaria, pasan por varios lugares en un día, dando a los turistas una vuelta rápida por la selva.

    Lo que está ocurriendo en Puerto Alegría representa una realidad de mayores dimensiones. En las ciudades portuarias de toda la región, los lugareños atrapan a animales en la selva, los encierran en jaulas y los sacan durante el día para que los turistas los fotografíen y los sostengan a cambio de propinas.

    Aprende la mejor manera de viajar: 6 formas de viajar de manera sostenible

    Un mono ardilla juega con un collar en una tienda de Puerto Alegría. Aunque los animales cautivos son la principal atención turística en la ciudad, la artesanía peruana proporciona la mayor parte de los ingresos.
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

    En septiembre de 2016, los investigadores de la organización sin ánimo de lucro World Animal Protection, con sede en Reino Unido, iniciaron una investigación de seis meses sobre operaciones de turismo animal en Puerto Alegría y Manaus, una importante ciudad portuaria del Amazonas, en Brasil. Sus hallazgos se han documentado en un informe publicado por la revista online Nature Conservation.

    En ambos lugares, los investigadores observaron a los lugareños maltratando a animales, poniendo en riesgo su salud y su bienestar. También vieron cómo los encargados de los animales agarraban con fuerza el cuello a las serpientes y cerraban con bandas de goma las mandíbulas de los caimanes. En Puerto Alegría, los investigadores vieron a un caimán enjaulado en una nevera averiada, un manatí languideciendo en una piscina para niños y a un lugareño golpeando a un oso hormiguero en la cara.

    Los efectos sobre los perezosos son especialmente graves. Estos dóciles y delicados animales duermen 22 horas al día en la naturaleza y el estrés provocado por ser pasados repetidamente entre turistas hiperactivos puede ser muy perjudicial, según dice el biólogo Neil D'Cruze, director de la división de política en World Animal Protection y autor principal del informe.

    Las leyes brasileñas y colombianas son claras: es ilegal sacar a cualquier animal de la naturaleza para tenerlo como mascota y es ilegal mantener en cautividad a un animal salvaje sin licencia. En Perú es ilegal obtener dinero con un animal salvaje cautivo. Sin embargo, las leyes no siempre se aplican, especialmente en el lado peruano del río. Por ejemplo, en Puerto Alegría, donde los habitantes tienen animales salvajes cautivos, nunca se han producido redadas por parte de las autoridades. (La agencia encargada de asuntos relacionados con fauna salvaje no respondió a las solicitudes de comentarios.)

    Corpoamazonia, la agencia gubernamental colombiana con sede en Leticia encargada de la protección medioambiental, es consciente de la explotación de animales salvajes a lo largo de la frontera peruana en Puerto Alegría, según Yamile Negeteye Silva. Silva, directora de la división del Amazonas de Corpoamazonia, cree que algunos de los animales son traídos a Perú desde Colombia. «El río facilita el contrabando», ya que prácticamente no hay controles fronterizos en el Amazonas en Tres Fronteras. Pero la agencia colombiana no puede intervenir aunque los turistas procedan en su mayor parte de Colombia, porque Puerto Alegría está en Perú.

    Casas sobre pilotes

    Larisa Campos tiene ocho años. Ella, sonriente y de ojos brillantes, lleva un montón de libros de texto y lápices bajo un brazo, todos de colores de neón. Con el otro brazo sostiene a un perezoso. Un grupo de turistas acaba de irse de la plataforma en Puerto Alegría y los lugareños recogen sus animales y se dirigen a casa.

    Larisa dice que el perezoso es todavía un bebé y que duerme en una casita en los árboles. Como el resto de habitantes de la ciudad, Larisa vive en una modesta casa de madera construida sobre pilotes altos para salvar las crecidas de las aguas durante la estación lluviosa.

    Larisa Campos, de ocho años, lleva un montón de libros escolares y lápices bajo un brazo, y en el otro sostiene a un perezoso. Está saludando a los loros de su vecino en Puerto Alegría. Su familia se gana un dinero extra ofreciendo al perezoso para que los turistas se saquen fotos con él.
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic
    Un perezoso mira hacia fuera en el interior de una jaula oscura, descubierta bajo una casa en Puerto Alegría. Los perezosos sufren cuando se les mantiene en cautividad para su uso turístico, debido a que necesitan 20 horas de sueño al día.
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

    En casa de Larisa, hablo con su tía, que se relaja en una hamaca bajo la infraestructura. Como muchos otros en la aldea, su familia pesca para ganarse la vida, dice ella. El perezoso consigue a la familia un poco de dinero extra gracias a los turistas. Ella también dice que el perezoso duerme en los árboles, o eso dice; cada mañana, según relata, su familia llama al perezoso y él baja del árbol para desayunar.

    D'Cruze dice que eso es algo improbable. Nos dice que es común que los residentes que tienen animales cautivos practiquen el greenwashing, algo que consiste en contar historias tranquilizadoras para calmar las mentes de los turistas escépticos.

    Una peculiaridad de las casas sobre pilotes es que añaden una dimensión estructural totalmente nueva: un lugar donde colgar hamacas para relajarse, almacenar muebles viejos, apilar troncos de leñas y colocar las jaulas de los animales.

    Salgo de casa de Larisa y sigo el parloteo de los monos por la carretera, por un puente de madera y entre una hilera de casas sobre pilotes. Bajo una de ellas, en las sombras, veo una jaula de madera. En el interior se mueve un animal. En la oscuridad distingo el destello de ojos con aspecto humano. Las garras —tres en cada pata— se agarran a los listones de madera. Un perezoso. La jaula es austera y está oscura como la boca de un lobo.

    De los numerosos visitantes con los que hablé en Puerto Alegría, Manaus y Leticia, o cuando viajaba por el río, casi todos dijeron que preferirían experimentar la jungla de la forma más natural posible, pero las excursiones de un día daban la oportunidad de ver muchas cosas en poco tiempo.

    Alejandro Díaz se saca un selfie en la Isla de los Micos, en Colombia. Tras él vemos a lugareños de la ciudad portuaria colombiana de Leticia, que se visten con atuendos tradicionales y posan con los turistas.
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

    Alejandra Giraldo, de Cali, Colombia, me dijo le gustó visitar Puerto Alegría para comprender cómo vive la gente y para tener la oportunidad de sostener y observar animales salvajes. Sin embargo, añadió que le pareció preocupante ver a un tucán con las plumas de la cola recortadas. «Me imagino que la comunidad lo hace para que no pueda escapar». Hizo una pausa. «Sinceramente, en el fondo sé que es algo malo porque deberían estar en la naturaleza».

    Otros con los que hablé admitieron que, aunque había algo de su tour con lo que no se sentían del todo cómodos, los animales parecían ser tratados lo suficientemente bien en la plataforma de visita. Algunos también dijeron que no tenían ni idea de cómo trataban a los animales el resto del tiempo.

    Esa es una gran parte del problema, según D'Cruze: Los turistas solo ven una pequeña parte de estas actividades. Se quedan una hora, sacan fotos y después se van a casa. Los animales salvajes no expresan el dolor de la misma forma que los humanos, por eso «el sufrimiento podría simplemente no verse», afirma él. Debido a esto, según él, es poco realista esperar que los turistas puedan identificar los problemas de bienestar, especialmente cuando un guía turístico local aprueba y fomenta esta actividad.

    Según D'Cruze, la idea de que esta sea una oportunidad única para aplicar eso de «donde fueres, haz lo que vieres» ayuda a reprimir cualquier preocupación molesta que la gente pueda albergar. Con tal de que «alguien con un polo y un logo diga, "sí, sí, todo está bien, no se preocupen", para que digas, "oh, vale, ya puedo deshacerme de todos mis temores».

    Las redes sociales como Instagram y Facebook añaden otra dimensión. Renata Ilha, investigadora de World Animal Protection en Manaus, dice que los turistas quieren compartir fotografías de sus experiencias exóticas, como abrazar a un perezoso o quedar envueltos por el cuerpo de una anaconda. «No solo te vale con ser aventurero», explica. «Quieres ser aventurero y mostrar al mundo que lo eres». Cada vez que la gente comparte estas fotos en redes sociales, hacen publicidad de una actividad que, superficialmente, parece inofensiva para su red de seguidores.

    Un portavoz ha declarado que Instagram ha empezado a trabajar con expertos en bienestar animal y está buscando formas de informar a su comunidad sobre actividades que pueden ser perjudiciales para los animales, «como subir contenidos en los que aparezca la explotación de vida silvestre y mala praxis en lo que a su bienestar se refiere».

    Los monos se amontonan sobre Melissa Moreno, de Bogotá en una visita a la Isla de los Macacos. Los animales, que no son nativos de la isla, fueron introducidos como atracción turística.
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

    Grupos turísticos: el alimento del negocio

    On Vacation Amazon es un complejo hotelero extenso y con todo incluido, a unos 20 minutos en barco río abajo desde Leticia. Se encuentra en el medio de la nada, sin competencia real. Es uno de los 25 complejos hoteleros de Colombia gestionado por la cadena On Vacation y atrae a unos 2.000 huéspedes al mes, la mayoría de ellos colombianos que quieren hacerse una idea de la jungla sin tener que soportarla realmente.

    Los huéspedes del complejo hotelero On Vacation Amazon, que se encuentra en la orilla colombiana del río Amazonas, se refrescan en la piscina. El complejo hotelero alberga unos 2.000 huéspedes al mes, la mayoría de ellos colombianos, y ofrece excursiones de un día a Puerto Alegría y a la Isla de los Macacos.
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

    Según Octavio Benjumea, gerente del hotel On Vacation Amazon, el negocio lleva a 150 huéspedes al día a Puerto Alegría —la mayoría de los visitantes de la ciudad— desde que abrió sus puertas hace seis años. Las excursiones están gestionadas por la empresa Selvatour.

    Reconoce que los animales suelen estar en pésimo estado. «Se les cae el pelo, comen comida humana y se están muriendo», afirma.

    El 8 de agosto, cuando hablamos, dijo que On Vacation Amazon había advertido a los habitantes de Puerto Alegría de que si no paraban de mostrar a animales en los siguientes 30 días, el hotel dejaría de llevar a grupos de turistas. El 2 de octubre, 55 días después, los huéspedes de On Vacation Amazon todavía subían selfies con animales cautivos en Instagram, añadiendo la localización de Puerto Alegría y la del propio hotel.

    La oficina central de On Vacation no ha respondido a la petición de comentarios por parte de National Geographic.

    Pero On Vacation no es el único. Entre septiembre de 2016 y febrero de 2017, World Animal Protection descubrió que 18 importantes agencias turísticas en Manaus —una ciudad de dos millones de habitantes donde confluyen el río Negro y el Amazonas— transportaban a los turistas a un enclave rural en el río Negro llamado Parque Ecológico Januari. Januari, más una comunidad diminuta que un parque convencional, es el hogar de una docena de familias que dependen del turismo para ganarse la vida.

    En la orilla del Amazonas en Leticia, la gente transporta toneladas de plátanos. La pesca, la agricultura y el turismo son las principales industrias para las gentes que viven en Tres Fronteras.
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

    Aquí, los investigadores vieron caimanes con las bocas atadas y perezosos atados a los árboles. Los perezosos que vieron en Januari al comienzo de la investigación fueron remplazados con ejemplares nuevos en cuestión de meses. D'Cruze señaló que los primeros perezosos probablemente habían muerto.

    Todo en la biología, la conducta y la apariencia de los perezosos de tres dedos hace que sea muy difícil para la gente reconocer cuándo sufren, según D'Cruze. No golpean ni intentan morder a las personas que los sostienen. «Si unes eso con al hecho de que parece que están sonriendo, la gente proyecta en ellos la creencia de que quieren un abrazo. Y esa es una combinación mortal. Literalmente».

    En noviembre de 2016, IBAMA, la agencia medioambiental federal brasileña, multó a seis grandes empresas turísticas por un total de 361.000 euros por llevar a turistas para interactuar con animales salvajes en cautividad en el Parque Ecológico Januari. En una redada, los agentes confiscaron un perezoso joven, dos anacondas, una boa constrictor y un caimán. Devolvieron a los reptiles a la naturaleza y llevaron al perezoso, demasiado joven para sobrevivir solo en la selva, al centro de rehabilitación de animales salvajes de IBAMA, en Manaus.

    José Leland Barroso, inspector jefe de IBAMA, dice que los animales rescatados pueden sufrir traumas duraderos por el tiempo que han pasado en cautiverio. Las serpientes suelen quedarse ciegas por los flashes de las cámaras, según dice. Las serpientes, a diferencia de los perezosos, pueden ser devueltas a la naturaleza fácilmente, «pero si la serpiente está ciega, va a morir de inanición en algún momento», explica. También dijo que los delincuentes suelen salir de nuevo a capturar a otros animales. «Así que dejamos de confiscar animales porque es como dispararnos en el pie».

    Sin embargo, las redadas de IBAMA sí han surtido efecto. En julio, algunas de las compañías turísticas más grandes con sede en Manaus, como Amazon Explorers y Amazon Day Tours, han dejado de llevar grupos a Januari.

    No toquen a los delfines

    Un loro examina su entorno en un centro de rescate. La mayoría de las aves pueden ser liberadas en la naturaleza una vez se han rehabilitado.
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

    Los delfines rosados, también conocidos como botos, son nativos de las aguas del río Negro. Sus fotografías se pueden ver en muchos anuncios turísticos de Manaus. Nadar con delfines se promociona como el plato fuerte de las ofertas de excursiones de un día.

    Cuando nuestro barco se detiene junto a un muelle flotante en una ensenada del río Negro, vemos a una familia de cinco aldeanos locales que estaba esperándonos. También vemos a dos delfines rosados a los que han atraído con cebo. Los delfines, no del todo rosados sino grisáceos, se mueven con la boca abierta, a la espera de más comida. Debido a la curva de sus bocas, parecen sonreír.

    Los ocho turistas en mi barco están ansiosos. Se ponen los chalecos salvavidas, saltan al agua y rodean a los delfines formando un semicírculo cerrado.

    El aldeano que supervisa la actividad balancea un pez sobre la boca de un delfín, alejándolo cada vez que el animal trata de agarrarlo. Mientras el delfín salta en el agua, veo que su cuerpo está marcado por graves cicatrices. Nuestro guía, Francisco Alvis, dice que estas cicatrices de batalla son comunes, resultado de machos que luchan entre sí en una batalla campal por los peces que ofrecen. La gente chilla cuando sus pies rozan los cuerpos de los delfines.

    Una señal advierte a los turistas de que no toquen a los delfines, pero todas las personas en el agua los acarician en varias ocasiones. Nadie les dice que paren.

    Interacciones como esa son inseguras tanto para la gente como para los delfines, según señala Vera da Silva, investigadora jefa del laboratorio de mamíferos acuáticos del Instituto Nacional de Pesquisas da Amazônia (INPA), en Manaus. Los delfines pueden pesar hasta 180 kilogramos, nadan rápidamente y bucean a gran profundidad. «Cualquier accidente», según da Silva, puede dar a los supervisores «una razón para matarlos o repelerlos». También dice que existe la posibilidad de que se transmitan enfermedades, de animales a humanos y viceversa.

    No existe una normativa oficial vigente, pero se ha redactado legislación que prohibiría que los turistas alimentasen o tocasen a los delfines, e incluso que nadaran en el agua. Sin embargo, las nuevas leyes no resolverán por sí solas el problema, afirma D'Cruze. También se necesita educación. Muchos trabajadores de la industria del turismo no tienen conocimientos sobre bienestar animal.

    João Araújo, director de turismo de la ciudad de Manaus, fomenta la actividad de nadar con delfines si se cumplen las normativas. Cuando le pregunté si le preocupaba el bienestar de los delfines, dijo que solo le preocupa que no sean agresivos para que no supongan un peligro para las personas.

    En cuanto a los perezosos, caimanes y anacondas cautivas que se usan en la zona de Manaus, Araujo dijo que aunque quiere frenar la utilización de estos animales, ni siquiera estaba al tanto de que fuera ilegal.

    Luis Humberto Coello da Silva, a quien conocen como Belo («hermoso» en Portugués) tiene 74 años. Tiene 18 hijos y docenas de nietos. Cuando me reuní con él, estaba sentado en una mecedora en su destartalado muelle en un enclave aislado del río Negro, a las afueras del Parque Ecológico Januari, donde lleva viviendo toda su vida.

    Llegar a fin de mes supone un problema para las gentes que viven en comunidades ribereñas en el Amazonas, especialmente aquellas con una mezcla de ascendencia europea e indígena —caboclos— como da Silva. A diferencia de las tribus indígenas que pueden ofrecer a los turistas una experiencia «auténtica» gracias a sus tradiciones culturales —sus atuendos, ceremonias y casas de paja en la jungla—, los caboclos deben encontrar otra forma de ganar algo de dinero.

    Mientras el pequeño perro Pipoca («palomita» en portugués) brinca en torno a sus pies, da Silva recuerda sus roces con el estrellato: la película de Jennifer Lopez Anaconda se grabó en su propiedad, según dice, al igual que varios documentales de fauna silvestre. También relata que le han pedido que aparezca en varios programas.

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    Durante 50 años ha acogido a turistas en su hogar. Nos cuenta que una vez tuvo un guacamayo llamado Burguette al que le encantaba beber Coca-Cola. Y un caimán llamado Baú que supuestamente acudía cuando da Silva lo llamaba.

    Los agentes del IBAMA se los confiscaron y se los llevaron a un zoo en Manaus. Da Silva dice que los únicos animales que tiene ahora son sus peces, Juan y Juanita. Son piracurus, una famosa raza de Manaus que puede crecer hasta los tres metros de largo. Los tiene en un tanque de hormigón y deja que los turistas les den de comer a cambio de una pequeña suma. Llevan 18 años en este tanque, según dice.

    También cuenta que nunca ha tenido otros animales, aunque rápidamente señala lo fácil que es atraparlos. Las serpientes pueden capturarse con redes de pesca y los caimanes son fáciles de agarrar a mano si miden menos de tres metros. «Cuando es más grande, tienes que atarlo. Así fue como capturé a Baú».

    También es fácil capturar a perezosos de tres dedos, según dice, porque son lentos y dóciles. Sin embargo, él niega haber tenido perezosos.

    Según Ilha, de World Animal Protection, da Silva es uno de los muchos lugareños en la reserva de Januari que mantienen cautivos a los animales para el turismo de selfie. Ella misma dice haber visto perezosos en la casa de da Silva el pasado junio. En una ocasión, Ilha afirma haber visto cómo un perezoso huía de un cobertizo oscuro junto a la casa de da Silva. El perezoso estaba chillando. «Es muy inusual ver esto, porque solo hacen ruido cuando están muy estresados», afirma Ilha, y añade que una de las hijas de da Silva vio al perezoso, lo agarró de una extremidad y lo arrojó de nuevo al interior del cobertizo.

    En el Parque Ecológico Januari, un perezoso salvaje y su bebé cuelgan de una enredadera. El biólogo Neil D'Cruze afirma que mantener a los perezosos en cautividad para que interactúen con turistas equivale a una «sentencia de muerte».
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

    Ilha dice que ha intentado persuadir a da Silva para que encuentre otras formas de ganar dinero a partir de los turistas, ofreciendo oportunidades de avistar pájaros, por ejemplo, pero «está empeñado en la idea de conseguir otro caimán».

    Alcimar Oliveira, de 29 años, vive río abajo. Un pequeño barco turístico está amarrado a su muelle y media docena de turistas se pasan un perezoso. Oliveira agarra una boa constrictor por el cuello al sacarla al muelle de madera para que un turista la fotografíe. Otro hombre da palmadas sobre la cola de la boa en el suelo una y otra vez. La serpiente la enrolla a modo de reflejo cada vez que lo hace.

    «Solo Belo y yo tenemos animales ahora», afirma Oliveira.

    Oliveira dice que últimamente las grandes agencias de viajes no vienen tanto debido a las redadas del IBAMA, pero hay grupos más pequeños que todavía acuden con regularidad. Los animales son la atracción, pero son sus productos artesanales —máscaras indígenas y figuritas de animales tallados en madera— las que representan la mayor parte de los 210 euros que gana al mes.

    «Sin los animales, nadie vendría aquí», afirma. Tendría que mudarse a Manaus, donde sus artesanías tendrían el mismo aspecto que las de cualquier otro y tendría que pagar un alquiler más elevado para tener un puesto donde exhibirlas. «La gente de otros lugares no entiende cómo funciona nuestra vida, por eso dicen cosas malas de nosotros». Oliveira se queja de que el IBAMA suele enviar a agentes de São Paulo o de Río de Janeiro «No conocen nuestra realidad», dice él.

    «La gente que nace en la comunidad debería quedarse aquí», señala da Silva. «Los caboclos viven mejor en la selva. Pueden construir una casa, criar gallinas, comer pescado, cultivar una plantación y vivir bien».

    Una comunidad transformada

    La vida en Manaus depende del río Negro y del Amazonas: los ríos son la fuente de alimento, las carreteras y las líneas con el resto del mundo.
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

    En Colombia, río abajo y al otro lado del río de Puerto Alegría, algunas personas han encontrado otra forma de vivir bien ayudando a los animales en lugar de perjudicarlos.

    Al llegar a Mocagua, un asentamiento indígena de unos 650 habitantes, podrías encontrarte fácilmente en Puerto Alegría: las mismas orillas fangosas, las mismas pasarelas de madera tambaleantes, el mismo idioma. Los habitantes de Mocagua solían cazar monos choros de cola amarilla por su carne, tanto que llegó un punto en que la especie se vio al borde de la extinción.

    Sin embargo, en 2004, los habitantes de Mocagua y los pueblos de comunidades circundantes acordaron voluntariamente dejar de cazar a esta especie en peligro, en asociación con la recién constituida Fundación Maikuchiga y su fundadora, la bióloga de primates Sara Bennett, que vive en Colombia. Maikuchiga, una imponente estructura de madera en la selva tras Mocagua, es el primer y el único centro de rehabilitación para monos rescatados en Colombia.

    Rodolfo Obregón fotografía a su mujer, Luz Adriana Obregón, en la Fundación Maikuchiga en Mocagua, Colombia. Maikuchiga es un centro de rehabilitación de monos que no permite visitas de más de seis turistas al mismo tiempo.
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

    Poco a poco, los excazadores se convirtieron en guías, empleando sus conocimientos sobre la conducta de los monos para informar a los visitantes. La gente pintó sus casas con retratos coloridos de animales salvajes y se abrieron unas cuantas pensiones modestas. Cada visitante en Mocagua paga un euro con setenta céntimos al fondo cooperativo local. El dinero se emplea para proyectos para mejorar la comunidad.

    En la actualidad, Maikuchiga está rehabilitando a ocho monos, traídos aquí por Corpoamazonia, la agencia de protección ambiental de Colombia, y por lugareños que rescataron a los animales del tráfico de mascotas o de los cazadores furtivos.

    Leoncio Sánchez Bolívar, nacido y criado en Mocagua, ha supervisado todas las operaciones en el centro desde el principio. Según él, el centro tuvo una vez un mono hembra enfermo de Puerto Alegría, pero murió tras varios ataques que cree que fueron provocados por la desnutrición.

    Maikuchiga cobra 34 euros por un grupo de hasta seis visitantes y depende de la ayuda de voluntarios —a menudo turistas que desean una experiencia amazónica con un significado real— para las operaciones diarias.

    El centro sufre estrecheces financieras, pero Sánchez Bolívar no quiere abrirlo a operaciones de grandes empresas turísticas como On Vacation. Los ve como cómplices al permitir que lugares como Puerto Alegría prosperen.

    Todas las casas de Mocagua están pintadas con coloridas representaciones de la fauna silvestre del lugar, en este caso, una iguana.
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

    «Sería genial expandirnos desde aquí y ofrecer ayuda a las comunidades que la necesitan», dice, y añade que uno de los puntos clave es intentar entender las circunstancias específicas de cada lugar. Renata Ilha, de World Animal Protection, está de acuerdo. «Es importante descubrir qué es lo adecuado para esta gente, esta comunidad, este lugar», afirma.

    Pero la responsabilidad también recae sobre los mismos turistas, añade. Aunque las redadas de IBAMA han provocado la disminución de las actividades de Januari, siempre y cuando la gente que venga a la Amazonia siga buscando «turismo de comida rápida», lo más probable es que los animales sufran.

    Mocagua no es el único lugar que trabaja para ofrecer a los turistas una experiencia natural de la Amazonia por un módico precio. En Manaus existe una opción en la que ni siquiera es necesario salir de la ciudad.

    El Museu de Amazonia es una franja de aproximadamente 10 hectáreas de selva —parte de la reserva forestal de Adolfo Ducke— justo en el límite municipal. Los visitantes pueden ir en taxi, pagar unos 8,5 euros e inmediatamente sumergirse en una selva tropical prístina.

    Aquí puede que veas a algún animal salvaje, o puede que no. Con mi guía de campo Marina Souza, me sentí como si me hubieran transportado al interior del Amazonas o a un recuerdo de Percival Fawcett.

    Anochecía ya cuando llegamos a un claro donde una gigantesca escalera de acero asciende hacia los árboles. Empezamos a subir. Los sonidos de las ranas son ensordecedores. Pasamos frente a enredaderas colgantes y helechos, y las copas de los árboles dan paso a árboles aún más altos. Seguimos subiendo, nos arden las piernas, las ranas gritan. No me puedo creer que sea posible que los árboles sean tan altos.

    Finalmente, los troncos de 500 años de antigüedad dan paso a copas frondosas y entonces, de repente, se ven rayos de sol. Estamos sobre el dosel arbóreo, en una plataforma, disfrutando de una vista de 360 grados de la selva amazónica. Más allá de las copas vemos Manaus, el humo sale de las chimeneas y se desvanece en el cielo anaranjado. Más allá, el río Negro. ¿Qué hay al otro lado del río? Le pregunto a Marina. «Nada», responde. Sólo jungla. Me saco un selfie. Quiero recordar este momento.

    Una torre de acero en el Museo da Amazonia ofrece a los visitantes una impresionante vista de la selva sin tener que salir de Manaus.
    Fotografía de Kirsten Luce, National Geographic

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