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Promesa de matrimonio

Promesa de matrimonio

14 de febrero de 2017

Supongamos que eres una dama de la alta sociedad estadounidense de la era victoriana. Y supongamos también que un soltero encantador cruza la mirada contigo a través de la pista de baile y quiere conocerte. Podría 

a) encontrar a alguien con buena reputación para que te presente

b) arriesgar su reputación además de la ira de tu acompañante y acercarse a presentarse él mismo, 

o c) deslizar clandestinamente una pequeña tarjeta impresa con una imagen o una broma preguntando si podría acompañarte a casa.

Estas tarjetas -también llamadas "escolta", "conocidos" o "flirteo"- eran la forma que tenían los solteros del siglo XIX para saltarse descaradamente las rígidas normas de la interacción social y esquivar las formalidades existentes, funcionando como un Tinder de tinta y papel

Algunas tarjetas usaban jerga abreviada: "May UCI Home?" del inglés “I see you”, en español "¿Podríamos vernos luego?"; otras eran un poco más directas: "Si no tienes objeción, seré tu protección"; y otros simplemente ponen toda la carne en el asador: “Soltero y en busca de pasar un buen rato”.
 





Las tarjetas de flirteo se hicieron populares a finales del siglo XIX, una época en la que muchas mujeres no podían salir sin un acompañante que las vigilase, cuenta Barbara Rusch, experta y coleccionista de material impreso de la época victoriana. Para evitar las estrictas reglas sociales de la época, Rusch explica que un hombre deslizaba clandestinamente una tarjeta de flirteo a una mujer que le gustase y que pudiera esconderla "dentro de su guante o detrás de un ventilador".

Aunque no está claro si se tomaban en serio estas tarjetas, o si eran efectivas, el coleccionista Alan Mays cree que la mayoría de ellas "tenían la intención de iniciar conversaciones, romper el hielo o coquetear inocentemente".


El humor, un arma para el flirteo victoriano
Las tarjetas de flirteo imitaban a las tarjetas de visita victorianas, que los miembros de las clases altas dejaban en las casas de los demás para presentarse, profundizar en una relación, felicitar o expresar condolencias.

"El intercambio de tarjetas telefónicas a finales del siglo XIX sirvió como un medio formal de mantener contactos sociales", cuenta Mays. "Por el contrario, las tarjetas de flirteo eran alegres y humorísticas, y parodiaban la etiqueta convencional asociada a las tarjetas telefónicas". En especial esto se puede ver en las tarjetas personalizadas de flirteo de personas como James L. Gallas, Kissing Rouge o E. L. Muellich, distribuidor al por mayor y minorista de besos de amor y abrazos“.

Incluso aunque algunas de las tarjetas estaban hechas como chistes, no a todo el mundo le hacían gracia. Rusch explica que "a los padres les daba mucho miedo este tipo de comunicación clandestina". Les preocupaba que el tipo equivocado de hombre, con el tipo de intenciones equivocadas, le diera a una dama inocente una tarjeta de flirteo

Y tenían algo de razón: mientras que algunas tarjetas eran modestas y corteses, otras eran básicamente piropos descarados. Sin embargo, lo que no se planteaban era si una mujer podía querer recibir una tarjeta de alguien que le gustara, o incluso que ella quisiera entregarle una a un hombre –o a una mujer.

La mayoría de las tarjetas de flirteo probablemente se las entregaron hombres a mujeres y comenzaban por "Querida señorita" o "Dama de honor", o mostraban una foto de un hombre acompañando a una mujer a casa. Pero algunas eran más ambiguas sobre quién la enviaba y quién la recibía.


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Además de "¿Te veo en casa?", Mays encontró una tarjeta de flirteo que decía "Puedes verme en casa esta noche", lo que sugiere que tanto hombres como mujeres podrían haber tenido tarjetas escondidas en las mangas. Algunas tenían un espacio para que el remitente escribiera su nombre, y Mays encontró dos ejemplos en los que ese nombre era femenino. Es decir, de una mujer dirigida a otra mujer. Uno de ellos dice: "Soy Anna “Marimacho” Eagle, ¿quien diablos es usted?" (Donde la palabra "diablo" se deduce por el dibujo). Y en el otro, se lee, en parte: "Señorita Smith, deseo ser su novio... tuya, Alice Ramsey."

Mays dice que es posible que la tarjeta de Ramsey fuera una prueba de impresión hecha "con un nombre aleatorio", o que el "Smith" para el que era, no era realmente una "Miss". Sin embargo, dado que estas tarjetas estaban destinadas a la comunicación clandestina, no es difícil imaginar que algunas mujeres (u hombres) pudieron haberlas usado para reunirse en un momento en que el afecto hacia el mismo sexo se consideraba no sólo inapropiado, sino moralmente incorrecto.

La necesidad de tarjetas de flirteo se desvaneció junto con los acompañantes y otras normas sociales de la época. Las convenciones sociales victorianas comenzaron a desmoronarse a comienzos de siglo, cuando las mujeres empezaron a ir en bicicleta con otros jóvenes - sin vigilancia.




Como dice Rusch, el ciclismo femenino "se consideró algo bastante escandaloso, porque estaban dejando de lado a los acompañantes".

A medida que avanzaba el siglo, la vida social de los jóvenes siguió evolucionando (el Ford Modelo T, por ejemplo, permitió a hombres y mujeres alejarse aún más de los acompañantes). Rusch explica que sin la estricta estructura de los acompañantes que había hecho atractivas las tarjetas de flirteo, "estas tarjetas fueron decayendo por si solas".

Hasta por lo menos la mitad del siglo XX los fabricantes todavía vendían tarjetas de flirteo, pero por aquel entonces probablemente se veían como una novedad. Hoy en día, se han convertido en un vestigio pintoresco del pasado, ya que muchos hombres y mujeres ahora prefieren enviar mensajes secretos a través de un dispositivo más moderno: el móvil.


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